La trampa de los prejuicios

Las instituciones estructuran nuestras vidas: aquello que está bien, y aquello que está mal. Y aunque cada quien pueda tener su propia visión o perspectiva de tal o cual institución, al final quedan muchos elementos en los que podemos coincidir y confiar para darle continuidad al Sistema.

Por ejemplo, este maldito gobierno. Según Peña Nieto, estamos enojados [1] (a saber por qué), y por eso no reconocemos todo lo que la clase política hace por nosotros. Y podremos estar muy enojados y lo que sea, pero aún así, seguimos confiando en las instituciones y organismos públicos. Cuando usamos sus calles, sus servicios, o consumimos en sus establecimientos afiliados, o cuando usamos el servicio de drenaje y alcantarillado. Pero bueno, más cuando pagamos la tenencia, la licencia y la jurisprudencia. Seguimos confiando en el gobierno lo suficiente como para entregarle nuestro dinero. ¿Por qué?

Soy un pobre venadito que habita en el Centro Histórico de la #CDMX 🎶

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Actuar de esta manera nos permite continuar con nuestras vidas sin preocuparnos demasiado, confiando en que las instituciones funcionarán, y que pagar tal o cual servicio, tal o cual impuesto, al final será benéfico para nuestra comunidad, aunque no tengamos la certeza. Nuestro cerebro está diseñado para la optimización, si podemos evitar consumir ciertos recursos, nuestro cerebro lo hará por nosotros. Esto implica ponerle más atención a unos cosas que a otras, y actuar de acuerdo al contexto inmediato que nos rodea.

Las instituciones son conjuntos de mitologías que, como comunidad, hemos validado y respaldado. Confiamos en ellas para darle continuidad a nuestras comunidades, porque han demostrado ser útiles, correctas y funcionales para muchas personas, o incluso para todas. Sin embargo, por estas mismas características, suelen confundirse con sus gemelos malvados, unas “instituciones” que también actúan en el plano simbólico-cultural, y que suelen ser muy peligrosas para nuestras comunidades: los prejuicios.

Los prejuicios son ciertas ideas o etiquetas previamente estructuradas por agentes terceros (otras personas, o incluso, algunas instituciones) que asimilamos como parte de nuestro repertorio cultural cotidiano sin cuestionarlo o ponerlo a prueba. Esta es la principal diferencia con las instituciones, que han demostrado, en algún punto, su valor para la comunidad. Los prejuicios, por otro lado, provienen de la ignorancia, el miedo o el odio. Se estructuran igual que las instituciones, a veces cobijados por ellas, para dar la sensación de que siempre han estado ahí, por algo será.

De esta manera, van saltando de mente en mente, esparciéndose como un peligroso virus de miedo e ignorancia que nos impide analizar adecuadamente nuestro entorno. Nos hacen creer que nos protegen, que nos cuidan del peligro, que nos mantienen a salvo de aquellos que no son o piensan como nosotros. Nos hacen confiar exageradamente en la seguridad de lo inamovible, en la conveniencia de que todo permanezca siempre igual. Porque nos gusta sentirnos seguros, nos gusta enfrentarnos a lo que conocemos. Esa es la trampa.

La poesía de la vida consiste en que nunca permanece estática. Todo cambia. Todo crece. Todo se mueve. Desde la estrella más grande del universo, hasta la partícula más indivisible del cosmos, todo, absolutamente todo, está moviéndose sin cesar, sin que nos demos cuenta o, incluso, sin que queramos verlo. Lo único constante que existe en el Universo, es el cambio.

Es muy fácil y muy cómodo quedarnos con nuestros prejuicios. Así no tenemos que poner a nuestra mente a pensar. Pero, a menos que podamos fluir con el ritmo del universo, y como él, saber cuándo cambiar, nos estamos perdiendo de un montón de experiencias increíbles por culpa de nuestros prejuicios. ¿Cómo serían nuestras comunidades si pudiéramos entregarnos al momento, amarnos y respetarnos como somos, hablar con honestidad, mirar de frente, no tenernos miedo…? Quizá nunca lo sabremos. Pero es bonito soñar.

Creo que la mejor manera de liberar nuestra mente de prejuicios es apreciando la belleza del universo cambiante. Cuando aceptamos que cada elemento de la existencia tiene su propio ritmo, canta su propia canción y sueña su propio sueño, puede resultarnos más fácil entender y aceptar otras verdades como verdaderas y otras realidades como reales.

No hablo de aceptar que todo es relativo y que nadie posee la verdad. Todo lo contrario. Afirmo categóricamente que hay múltiples verdades, pero que cada quien construye la propia, y podemos crear una comunidad donde las verdades individuales no contradigan a la verdad social, porque la verdad la construimos nosotros. Solo hay que, una vez más, dejar de temer a quienes piensan distinto, a quienes actúan diferente, o a quienes creen en otra verdad.

¿Cuál es tu verdad? Déjala en los comentarios.

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