El Festival del Consumo

La temporada decembrina, sin lugar a dudas, es la cereza del pastel de una sociedad profundamente obsesionada con el consumo, como la que hemos construido. El llamado maratón Guadalupe-Reyes es el cierre perfecto del siempre imitado pero nunca igualado, Festival del Consumo.El fetichismo de la mercancía, y hoy en día, del consumo en general, no solo de mercancías, sino de experiencias, de recuerdos, de información, de entretenimiento, en fin, todo tipo de fetichismos consumistas, en esta temporada alcanza su máxima expresión. Que si las vacaciones, que si los viajes, que si las baratas, que si los intercambios, que si los regalos… Todo es un excelente pretexto para gastar, comprar y consumir.

El consumo nos da sentido, y nos une como comunidad. Nos identificamos por lo que consumimos: las cuentas de Instagram que seguimos, los estrenos de cine que esperamos, los lugares que frecuentamos cada fin de semana, los mitos que estructuran nuestros símbolos y justifican nuestros rituales… El problema viene cuando el consumo causa un desequilibrio en el flujo social, que deriva en desigualdades, injusticias, explotación y corrupción. Es decir, cuando es más lo que consumimos, que lo que producimos.

Porque, por otro lado, el trabajo también nos une como comunidad. Producir y crear es una excelente manera de construir la realidad que queremos. Sin embargo, la sociedad que hemos construido da mucha más importancia a lo que consumimos, que a lo que creamos. Y el meta-ritual de fin de año es una clara muestra de este extraño fenómeno.

Primero, agradecer a la Virgen de Guadalupe. En tanto guadalupano (no tan ferviente, dicho sea de paso), entiendo perfectamente el sentido de comunidad y pertenencia que se genera durante la peregrinación a la basílica, el 12 de diciembre. No es un ritual ligado directamente al consumo, pero vaya que ese día es un gran día para consumir, aunque el énfasis simbólico no descansa en este hecho, sino en la generosidad, el dar, y el agradecer.

Un par de semanas más tarde, viene la primera festividad doble: Nochebuena/Navidad. Desde que soy niño tengo la sensación de que si quieres hacer un regalo a alguien, esta es la fecha correcta. Y no solo es la mejor, sino que es casi una obligación hacerlo. Aunque no hayas ahorrado nada durante el año, aunque todo cada vez esté más caro: la necesidad de completar el ciclo comprar-regalar-recibir nos une y le da sentido a nuestros actos en esta fecha. El pretexto de la reflexión sobre el nacimiento del Mesías queda cada vez más relegado a un segundo plano.

Y luego, la coronación, otra festividad doble: Nochevieja/Año Nuevo. Los centros comerciales se ponen sus mejores galas, al igual que restaurantes y lugares para celebrar (comprar). Los rituales exigen que estrenes ropa nueva, que te hagas propósitos (que muchas veces se traducen en “comprar”) y que renueves tu vida entera. Es la mejor época para consumir.

Al final, llega el epílogo, que en la CDMX es otro gran e importante ritual. El Día de Reyes es el turno de los niños, donde se les enseña que ellos deberán reproducir, algún día, el ciclo del consumo. Comprar-regalar-recibir. Wow, cuánta ilusión se les siembra en el deseo por las cosas, con cuánta pasión defendemos su derecho a ser felices mediante el consumo. Y aunque no lo hiciéramos como padres o tutores: los medios, el Internet, los vecinos, en la escuela… El resto de la comunidad se encarga de hacerles ver que, si no consumen, no son parte. Ay de nosotros si no consumimos.

Yo mismo propuse comprar una gran botella de mezcal (que ni siquiera nos comenzamos a terminar) en Año Nuevo. Yo fui el de la idea de comprarle unas galletas sin azúcar y unas calcetas masajeadoras a mi suegra, yo fui el de la idea de comprarles un par de playmobiles a los sobrinos de Pellotte. Yo mismo usé de pretexto esta fecha para gastar en calzones y calcetines nuevos, en un derroche de consumo, de esos que solo te dan cuando vas a una tienda departamental. No estoy orgulloso, pero lo acepto.

Porque a pesar de todo, aunque no estemos de acuerdo, aunque reneguemos de nuestras circunstancias, formamos parte de esta comunidad. Una rabieta anarquista o antisistema no va a cambiar las cosas. La cultura solo cambiará de manera orgánica y gradual, con el paso natural de las generaciones. Debemos defender cada quien nuestras propias pasiones, hacerlas evidentes, llevarlas como estandartes, como banderas en lo alto, para reconocernos, hablar, intercambiar opiniones, ideas, aprender, crecer, madurar, transmitir nuestro propio conocimiento, construir una mejor comunidad, no para nosotros, sino para las generaciones futuras. Así los azules se irán juntando poco a poco con los azules, y los rojos con los rojos, y rojos y azules irán creando nuevos tonos de colores que tendrán que aprender a convivir con otros tonos de colores, sí o sí, si queremos seguir viviendo juntos (y sí queremos), hasta que todas y todos seamos un gran tapete multicolor y no tengamos ningún problema en ponernos de acuerdo para construir la comunidad que deseamos.

O al menos, eso sueño yo.

¿Tú qué sueñas? Deja un comentario, a lo mejor soñamos lo mismo, o podemos aprender algo de otros sueños distintos a los nuestros 😉

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