Tiempos difíciles

Uno termina por cansarse de los tiempos difíciles. Cuando estás en medio de la neblina no consigues ver nada más a tu alrededor, y las personas que te aman desaparecen, y los sonidos del mundo se apagan, los colores que antes estaban llenos de vida se extinguen, las oportunidades, una a una, se van esfumando para nunca volver.

Sabes que no se trata de eso la vida. Sabes que lo mejor que puedes hacer es sonreír, ponerle buena cara a las adversidades, respirar profundamente, abrir el pecho, estirar las piernas, mirar hacia arriba y seguir adelante, aguantando vara, aunque sea arrastrando los pies, pero seguir siempre adelante, sin importar lo que pase.

Pero llega un punto en que ni el amor te salva. Ni la promesa de un mejor mañana, ni la esperanza de un futuro ideal, ni todas las piezas de los sueños rotos que has ido acumulando a lo largo de la vida. Solo estás cansado, muy cansado, con los ánimos por los suelos, y quieres abandonar todos los caminos y retirarte para siempre, para nunca más volver, para no tener que verte una vez más, como siempre, como nunca, en el profundo agujero del fracaso.

No queda más que hacer como que no pasa nada. Igual reírte de los chistes de la señora de la recaudería, seguir poniendo agua para el café, sentarte a trabajar, leer algo divertido, poner una canción que te gusta, desempolvar la guitarra, y seguir adelante. Recordar que has tenido ya antes otros tiempos difíciles en la vida, en los que también has caminado por las calles esperando encontrarte un billete de $500, de $200, de $100, de $50 aunque sea, no tener que recurrir otra vez al dinero prestado y nunca pagado de tu familia y amigos, malvender algún aparetejo cuyo valor emocional es incalculable, aguantarse las ganas de quedarse acostado mirando el techo y solo seguir pinches adelante, siempre adelante, nunca para atrás…

Es el miedo, siempre el miedo. El miedo fue lo que te hizo tomar tus últimas monedas, llamar por teléfono a la casa de tus papás y decir “Me quiero regresar” aquella vez que te fuiste de tu casa por primera vez, y luego la segunda, y hasta hubo una tercera. Pero no hay cuarta, ya no más. No más para atrás.

El miedo te hizo frenar el paso cuando tú solo rechazaste las oportunidades que la vida te puso enfrente, quién sabe dónde estarías ahora mismo si te hubieras levantado temprano y hubieras llegado a la hora que te dijeron con el director de aquel periódico fronterizo; quién sabe qué hubiera pasado si hubieras conseguido una carta de recomendación de verdad para el trabajo en el canal de televisión local en vez de una falsa; quién sabe qué hubiera pasado si te hubieras quedado trabajando como editor de video con el reportero de ese mismo canal; quién sabe qué hubiera pasado si hubieras decidido quedarte en Mazatlán y estudiar en la UAS; quién sabe qué habría sido de ti si hubieras tomado otras decisiones en la vida, en vez de estarte haciendo pendejo, como siempre…

Quién sabe. Ahora estás aquí y eso no lo puedes cambiar. No debes perder de vista que al menos hay una cosa buena en tu vida: El amor. Un amor de verdad, un amor sincero, honesto, transparente, que desde el primer momento que viste sus ojos sabías que tu vida iba a tomar un giro distinto, por rumbos inexplorados, que te hicieron ver la vida desde otra perspectiva. Fueron muchos años buscando ese amor, debes darle tiempo, la vida no se arregla de un día para otro, a veces ni de un año para otro. No tiene nada de malo volver a empezar desde abajo, el chiste más bien es nunca darse por vencido.

Algo se te ocurrirá. Algo pasará que te haga recuperar el ritmo. De lo que se trata es de no perder la fe, siempre tener fe, en ti mismo, en lo que puedes hacer, en lo que sabes hacer, en la vida y, sobre todo, en lo más valioso que tienes, todos los días, cada día, a tu lado: el amor.

Son tiempos difíciles. Hoy más que nunca, confía en el amor.

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