Historias que cuentan la realidad

Era un niño extraño, el pequeño Aarón. Iba con la frente recargada en el tubo del metro, oyendo allá a lo lejos la conversación de su madre y su abuela sobre los dineros, las drogas y esas cosas horribles de las que hablan las señoras. Él estaba mucho más entretenido observando los rostros de las personas en el vagón. Algunas dormitaban, otras conversaban con alguien más, ya sea frente a frente o a través de sus espejos negros esos que tanto les gustan a los adultos. Aarón conoce compañeros suyos, en la primaria, que ya llevan su propio espejo negro. Pobrecitos. Algunas de más allá iban observando su reflejo en la ventana, y otras en el otro extremo se daban unos besos suaves y delicados mientras se miraban con ternura. Pero Aarón tampoco veía nada de eso.

Siempre había tenido esa, “habilidad”, digámoslo así. Desde el primer momento en que abrió sus ojos mientras descubría cómo respirar aire, y conoció las historias de sus otros compañeros bebés en las incubadoras de los lados, hasta este momento preciso en que cada vez las historias de siempre se van volviendo sosas y aburridas, y disfruta las salidas al centro, más cuando son en metro. No sabe por qué, pero siempre ha sido así: es capaz de ver historias en los rostros de la gente.

Aquella muchacha, por ejemplo, la de cabello chino. Desde aquí no se puede ver, pero Aarón percibe la humedad de sus ojos, la duda de las últimas semanas, las peleas con su novio, y el momento justo en que decidió no entrar a la clínica y continuar con su embarazo hasta el final. Era una de esas decisiones que la ponían triste y feliz al mismo tiempo. La niña sería una hermosa muchacha morena, de ojos color miel, que Aarón conocería en sexto de primaria, justo el primer día, en la primera hora de clases. Sería su novia en la secundaria, pero solo un par de meses, hasta que Aarón conociera a la prima de la muchacha morena ojos de miel, y se enamorara perdidamente de ella, en secreto.

Le mandaría cartas, mensajes, regalos. Se obsesionaría tanto con ella, que meses después, cuando descubriera que la prima estaba muriendo de cáncer terminal, se sentiría culpable por haberla hecho sufrir de esa manera. Así que Aarón no tendría una nueva novia sino hasta el día exacto en que cumplió 29 años. En el inter, tuvo varias compañeras sexuales, amantes, amigas y hasta uno que otro “amigo especial”, pero nada serio. Graduado de la escuela de derecho, conseguiría un trabajo en un prominente buffette, y amasaría una pequeña fortuna en unos cuantos años defendiendo delincuentes, mafiosos y políticos corruptos.

Hasta entonces conocería a Digna, la hermana menor de uno de sus más poderosos clientes, un empresario acusado de lavado de dinero. Aarón le pidió que fuera su novia en secreto la noche de su fiesta de cumpleaños número 29, y se sintieron excitados por el peligro mortal de su relación durante algunos meses. Hasta que su cliente los descubrió. Aarón fue baleado a finales de noviembre, y pasó siete meses en rehabilitación. Tuvo que huir de la ciudad.

En provincia, encontró nuevamente a la muchacha morena ojos de miel, que curiosamente, era una de las fisioterapeutas que lo atendían. Al principio no se reconocieron, pero en la tercera sesión, Aarón se animó a preguntar, y ella se lo confirmó. Se había casado un año antes, y tenía una hermosa nenita. Aarón se sintió destrozado. Sin embargo, fue Karen, que así se llamaba la muchacha morena ojos de miel, la que lo invitó a su casa un día, y le fue infiel a su marido en su propia cama.

Ahí empezó el tormento. Pasaron años así, él huyendo a mitad de la tarde, viéndose en moteles carísimos, pero eso sí, muy discretos, e inventando toda clase de excusas para engañar al marido. Hasta que, en un viaje que hicieron a la playa, seis años después de haber comenzado con su aventurilla sexual, Karen le diría a Aarón que lo siente mucho, pero que no puede seguirle haciendo eso a su marido. Deja a Aarón varado en Acapulco y ella se despide para siempre jamás de él.

Desesperado, Aarón vaciaría todas sus cuentas de banco y compraría el vuelo que fuera más lejos, para no volver jamás. Pero le impedirían subir al avión por llegar alcoholizado, un guardia lo obligaría a bajar de la aeronave, se volvería viral en youtube, lo cual lo haría caer en una profunda depresión, hasta que una tarde en que la luz dorada del atardecer inundara su cuarto de azotea en la Condesa, pasaría una cuerda por la viga del techo, se ataría la soga al cuello, treparía en una silla, y tras reflexionar un breve momento sobre la vida y la muerte, daría un salto y…

“¡Aarón! ¡Chamaco este! ¡Bájate!”. La alarma del próximo cierre de puertas sonaba, estridente. La mamá y la abuela de Aarón se habían bajado del tren sin darse cuenta que el niño seguía sentado, con la frente pegada al tubo, observando a una muchacha de cabello chino que parecía ir hablando por teléfono. La mamá trataba de correr hacia la puerta, pero estaba muy lejos. Aarón comprendió lo que estaba pasando, y justo en el preciso momento en que la puerta se comenzó a cerrar, se pasó debajo del tubo y se deslizó entre las puertas, que por un pelo no le habían atrapado el pie.

“¡Chamaco este!”, lo regaña la abuela, mientras la mamá lo abraza, y luego le da un coscorrón. “¡Pon atención! ¡Te quedas lelo!”. Aarón no puede evitar soltar una risita, quién sabe si de nervios. El tren comienza a andar. La muchacha de cabello chino lo mira fijamente desde la ventana. Aarón le sonríe y le dice adiós con la mano. La muchacha de cabello chino responde con otra sonrisa, y un tímido gesto con la mano, mientras desaparece para siempre en la oscuridad del túnel.

[FIN]

~kosmografo

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