El llanto

El llanto del bebé inunda el vagón y mata cualquier otro sonido. Los pasajeros, todos, parecen atentos a los gemidos inocentes que aquella inexperta garganta emite, tratando de identificar la más mínima variación en la frecuencia, tono, volumen o intensidad del que, suponen, es un varón recién nacido. Algunos, los más entrometidos, se preguntan por qué la madre no hace nada, sólo está ahí, sentada, mirando por la ventanilla la interminable pared del túnel subterráneo sin expresión alguna en el rostro, sosteniendo y aguantando al pequeño. Lo que no saben es que la madre también llora, pero nadie puede ver sus lágrimas disimuladas.
El tren se detiene, la puerta se abre, la gente sale presurosa. La madre se levanta de su asiento, el llanto del bebé se pierde, confundido por el ambiente que de pronto se volvió ruidoso. Un joven se detiene para dejar pasar a la madre, Adelante, pase usted, y ella pasa, nada más. Camina con pasos cortos y rápidos. Mira al frente. Sabe qué tiene que hacer. No puede ser débil, no ahora. De su fortaleza depende su futuro, pero no es momento de pensar en esas cosas, no, hay que enfocarse, no tocar a nadie, esquivar a las personas, alguno tal vez quiera detenerla y decirle que qué lindo nene, por qué llora, pobrecito. No es posible que sepa, piensa la madre, Es sólo un bebé, no tiene idea. El andén está repleto. Pero el baño, es el lugar elegido, debe estar vacío. Hoy en día nadie usa los baños del metro, están asquerosos. Hacia allá se dirige.
Entra. Está vacío, húmedo, oscuro, repugnante. No tendrá que esperar mucho, alguien escuchará el llanto y vendrá. No hay tiempo para despedidas. La madre deja al bebé en el lavamanos, lo cobija bien, ya no puede disimular su llanto, las lágrimas gruesas ruedan por su rostro joven y demacrado antes de tiempo. Una bendición, un beso en la frente. Ni siquiera le puso nombre. Sale casi corriendo, Adiós, adiós, hijo, choca con una señora con el cabello teñido de rojo y muy maquillada, Disculpe, No hay cuidado, y ahora sí corre hacia el tren que está a punto de irse. Parece el mismo vagón en el que venía, pero no: falta el llanto de un bebé. Mira la interminable pared. Mira a la gente. Todos parecen estar atentos a ella, todos parecen saber que es la peor madre del mundo. No, no puedo hacer esto. La madre baja en la siguiente estación y corre todo el camino de regreso. No puedo dejar a mi hijo, no puedo.
Un grupo de personas rodean a la señora pelirroja en la puerta del baño. Lo encontré llorando, pobrecito, está asustado, Y la madre, No lo sé, se fue corriendo, Cómo era ella, Por qué, Pues porque vamos a buscarla para detenerla, esto es un delito. La señora pelirroja mira directo a los ojos de la joven y asustada madre que observa la escena algo alejada, pero que escucha todo. Ambas se miran por un instante, la madre da media vuelta y sale a la calle, presa del pánico, no quiere ir a la cárcel. La señora pelirroja mira al niño, se está calmando ya. Lo siento oficial, no le ví la cara.

(FIN)

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