El abandono

No había agua en la regadera, ni en el lavabo, ni en la cocina. Ni siquiera había luz, y Elías, malhumorado, se faja la camisa y se calza los zapatos mientras reniega sobre el gobierno, su casero, los vecinos, y el mundo en general. Toma su portafolio, recuerda de repente que el coche está con el mecánico y de un sólo golpe se le hace media hora más tarde. Tendrá que tomar un taxi para llegar a tiempo al trabajo, se ajusta la corbata, alisa su pelo en la penumbra de su recámara tanto como puede, y sale de prisa del departamento. Ya en las escaleras, se da cuenta que ha olvidado las llaves, pero no hay tiempo para lamentarse, por la tarde llamará al cerrajero. No se ha percatado todavía del terrible eco que producen sus pasos al bajar los peldaños de aluminio. Preparado para darle los buenos días al portero, Elías se decepciona al ver que no está. No le preocupa, el tiempo perdido es lo único que habita en su mente.

El brillo del sol ya ha disipado la bruma de la mañana, y parece extraño, como desolado. La calle está desierta, y no es que sea una muy transitada avenida, pero a esas horas es común ver salir coches de aquí y de allá dirigiéndose a los respectivos lugares de trabajo o de estudio, y hoy, nada. Elías se detiene en la esquina y, mirando su reloj cada cinco segundos, espera impaciente el arribo de un taxi. Pero no llega. Pasan diez, veinte, treinta minutos, y no se ha asomado ni un sólo coche. No se oye un sólo ruido. Durante esta media hora, Elías se ha puesto a observar a su alrededor, y a cada instante se admira más y más de no ver a nadie en la calle. La señora de enfrente, que cada mañana sale a barrer rodeada de sus gatos, esta vez está ausente. Elías va sintiendo cómo una singular opresión en el pecho lo va sofocando, y se afloja un poco la corbata. El silencio que lo invade todo es abrumador.

Elías, cansado ya de esperar y con esta sensación amenazándolo, se decide a ir dos cuadras más allá, hacia la farmacia. “Tal vez haya una huelga de taxistas…”, piensa. Pero la farmacia está cerrada. Son las 9.45 de la mañana. Es miércoles. Elías se muerde el labio y camina un poco más, hasta llegar a una calzada importante. Sus ojos no pueden creer lo que ven: decenas de coches abandonados a lo largo de la calle, los semáforos sin funcionar, y nada de gente… La taquería, la papelería, la otra farmacia, la tienda de abarrotes, el restaurante de mariscos, la llantera… Todo abandonado.

Al ver aquella escena incomprensible, Elías suelta el portafolio y se deja caer en la banqueta, ofuscado, sin saber qué pensar. Enciende un cigarro, y espera, sin imaginar qué o a quién. Pasará varias horas ahí en la esquina, fumando y buscando explicaciones que nadie puede darle, porque no hay nadie. Recorrerá la calzada entera, tocando en cada puerta, en la pizzería, en el salón de fiestas infantiles, en la tortillería, en la florería, en el video club, en la tienda de refacciones automotrices, en la rosticería, en la cerrajería, en la casa de empeño, en el autolavado… Pero lo único que encuentra son coches y más coches abandonados, esparcidos por la calle, algunos con las llaves pegadas o con las luces encendidas, pero ni una sola persona. Pronto, Elías empieza a respirar con dificultad, no tanto por la enorme cantidad de cigarros que ha consumido hasta este momento, uno tras otro, sino porque la soledad y el desamparo que le provocan ver todo aquello le afectan bastante. Camina apretando el paso a lo largo de la calzada, admirando los coches ahí, quietos, paseándose entre ellos, buscando algún indicio que lo ayude a explicarse la situación. Piensa en una manifestación colectiva, tal vez toda la ciudad esté reunida en el centro cívico defendiendo sus derechos o expresando su repudio contra la violencia citadina. Era como si un rayo incandescente hubiera arrasado con las personas, pero sin dejar huella alguna, sin que quedara un rastro inconfundible de caos y terror. En los coches, todos abiertos, excepto los que estaban estacionados, no puede encontrar ninguna identificación, ni nada que lo haga pensar que la gente salió a toda prisa de sus autos y huyeron despavoridos olvidando sus cosas.

Por el camino, la cosa sigue igual, nadie, e igual seguirá hasta llegar al centro, donde tampoco hay gente, sólo coches revueltos, quietos en las calles. No hay periódicos, no hay negocio alguno abierto, ni nada que indique que esa no es una ciudad fantasma. “Tal vez… tal vez evacuaron a todo el mundo por la noche”, piensa Elías, queriendo engañarse. Sería imposible sacar a toda la gente de una ciudad tan grande como ésta en una sola noche. Elías no puede pensar, tiene miedo y hambre, está desesperado. Sólo camina, dando vueltas, atento al menor sonido, pero sólo logra escuchar el viento que mueve la basura y las copas de los árboles. Tampoco ha visto perros callejeros, ni palomas volando, cosa común, de todos los días. Ya no supo dónde dejó el portafolio, se ha quitado la corbata y desfajado la camisa, y anda buscando Dios sabe qué. Al fin, llega a uno de esos mercados abiertos las 24 horas, y descubre que aquí, al menos, sí cumplen: está abierto. Elías entra, y empieza a comer. Abre bolsas de papas fritas, empaques de galletas, latas de cerveza, barras de granola… Come hasta saciar un hambre que parecía de meses. Se sienta en un pasillo mientras bebe otra cerveza, y no piensa, no puede explicárselo, pero no puede pensar. Como si la gente, al evaporarse en el aire, hubiera consumido con ella los pensamientos y ahora la única persona olvidada y rezagada no pudiera ni siquiera oír la voz de su propia cabeza.

Ya es más de mediodía. Elías no sabe qué hacer, ni adónde ir… Y de pronto, de la nada, una sensación de entera libertad se apodera de él. La conciencia de saberse solo en la ciudad le despierta una euforia que no es capaz de controlar, y así, sin más, se quita toda la ropa, queda desnudo, y comienza a tirar los estantes de la tienda al suelo, ciego de furia y excitación. Como el niño que se queda solo en casa por primera vez y decide darle rienda suelta a sus impulsos viendo canales de TV prohibidos y husmeando entre las cosas de papá, así Elías corre, brinca, ríe y grita sin razón. Toma bastantes cervezas y las mete en bolsas, luego reflexiona y va por una hielera para llevarlas, y por último, sube la hielera en un carrito de súper mercado y sale a la calle. Se pasea por el centro como si fuera la primera vez, bebiendo y fumando cervezas y cigarros robados a nadie, mira un coche de lujo abandonado con las llaves pegadas, se sube y lo echa a andar. Conduce un rato a toda velocidad, esquivando los demás vehículos cuando puede, y cuando no, no hay problema, nadie se quejará por el choque, y disfruta del vértigo que la velocidad le ofrece. Llega a una tienda departamental, y, como estaba cerrada, rompe los vidrios del escaparate con piedras y por allí entra, elige el traje más fino, los zapatos más exóticos, un reloj de oro y el perfume más caro, y sale vistiendo como un verdadero caballero. Vuelve a desnudarse después de un rato, cuando ya ha bebido tanta cerveza que ha empezado a vomitar, y se pasea deslizándose en el carrito del mercado hasta llegar a una licorería. También tiene que romper la puerta para entrar, y ahí se pasa el resto de la tarde, bebiendo toda clase de licores: vodka, ginebra, ron, mezcal, tequila, vino, coñac, whisky… Cuando ya empieza a oscurecer, sale como puede del local y se sube al primer coche que encuentra, y trata de conducir hasta su casa, pero pronto choca con un árbol, entonces Elías se baja, sube a otro carro y vuelve a tratar, y así una y otra vez hasta llegar a su casa. Sube por la escalera y, como no lleva llaves, se le hace fácil tirar la puerta para entrar, y se deja caer en el colchón.

Al siguiente día, el escándalo del despertador le hace retumbar los oídos. Con trabajo recuerda la aventura del día anterior, y pronto vuelve a entusiasmarse… Pero antes de volver a salir a la calle, se pone unos pantalones y una camisa. Baja corriendo las escaleras, temblando de emoción… ¿qué hará hoy? ¿a dónde irá? “A ningún lado”, se responde, cuando escucha el cordial “buenos días” con que el portero lo saluda, y luego añade un “¿cómo le fue anoche?”, lo dice por la cara de Elías, las ojeras y el olor a alcohol. La señora de enfrente ha salido ha salido a barrer la banqueta, rodeada de sus gatos. Dos coches hacen sonar el claxón uno contra otro, enfadados. La ciudad luce viva otra vez… Y Elías no sabe si está contento por esto o no.

[FIN]

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