un cigarro…

Arriba, la luna sonreía. La oscuridad obligaba a la noche a ceñirse de una capa falsa de luz amarilla, que emanaba generosa de los faroles públicos. Héctor echó un vistazo desde la puerta, ya se le había hecho costumbre, aún ahora que sabía que a las 12.20 de la medianoche nadie transitaba por las calles de la colonia en pleno martes laboral. Cerró la puerta, y antes de llegar a la banqueta, y auxiliado por un encendedor de juguete, ya había encendido el cigarro. Una vez afuera, a salvo de los vecinos metiches, Héctor ya no se preocupaba por voltear a los lados y asegurarse que la soledad de las calles permaneciera. Ahora sabía que los autos no cuentan, lo que los conductores deben hacer es esquivar al peatón, no detenerse a preguntarle si necesita ayuda, o qué anda haciendo en la calle a estas horas de la noche. Anduvo con paso distraído, ya no necesitaba fijarse cómo se llamaba esta calle o cuántas cuadras faltan para llegar al parque, y miraba los faroles mientras escupía el humo. Conforme avanzaba entre las retorcidas calles del cerro, podía percibir cómo la oscuridad que lo cernía se hacía más densa y los faroles más brillantes.
Llegó al mirador y se sentó en una esquina. Primero cerró los ojos, y admiró los sonidos de la noche, el silencio que se tragaba los ruidos humanos y vomitaba los de una ciudad enorme y anónima: ambulancias, patrullas, música estridente saliendo de algún rincón en algún lugar de allá abajo, disparos, gritos, más ambulancias. Luego entreabrió los ojos y siguió las luces en movimiento de los coches, todos yendo en una misma dirección, hacia un lado o hacia el otro. Poco a poco dejó que las demás luces fueran penetrando a través de sus pestañas, que cada segundo se abrían más, y transformó aquel mar de puntos luminosos es un espacio inmenso repleto de estrellas, y se sintió envuelto en la armonía y singularidad del universo. Tras esto, al regresar a la ciudad, comenzó a buscar y a descubrir figuras ocultas entre los edificioes, seguro eran satélites personalizados esperando afuera del restaurante (?), o un antro nuevo obra de un arquitecto un tanto loco. Después pasó a su entretenimiento favorito: buscar voces humanas. Dirigía tan bien y con tanta facilidad el oído que alcanzaba a escuchar a un papá regañando a su hija por llegar tan tarde, o a una mujer diciéndole a su amante que se fuera pronto porque el marido no tardaba en llegar. Estuvo así un rato, abriendo y cerrando los ojos, hasta que el cigarro se terminó. Aspiró hasta el final, y tiró la colilla inservible. Tambaleándose, volvía a casa, listo para bailar.
(FIN)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.