La loca de la Coahuila

[imagen: Denis Bocquet Newark 2016 via photopin (license)]

Echada sobre el pabellón, con la mirada perdida, la loca de la Coahuila eleva el rostro y deja que el sol del mediodía le queme la piel. Permanece así durante varios minutos, inmóvil, vagando sus enigmáticos pensamientos por el espacio infinito, nadie se pregunta qué pensará, las personas apenas la miran, dan asco sus cabellos sucios y revueltos, sus ropas gastadas y mugrosas, dan asco sus ojos opacos, sus labios secos, sus manos heridas, da asco toda ella y las personas prefieren no mirarla. Y aunque alguien se aventurara a indagar sobre lo que habita en la mente de esta mujer, si puede llamársele mujer, poco éxito tendría, pues es probable que en su cabeza, como en la de los animales, sólo exista el vacío, o al menos una confusión terrible de ideas sin ritmo ni lógica, imposibles de traducir en palabras, pensamientos puros, vírgenes, intactos. La loca eleva el rostro, sus ojos no ven nubes, y de la nada le cae una lluvia de un líquido caliente, tiene que agachar la cabeza, escupir los orines que un grupo de adolescentes le arrojaron, allá van, partiéndose de risa, y la loca se levanta y cruza la calle sin fijarse, los autos se detienen, tocan el claxon, no la atropellan sólo para no manchar la defensa de sangre, muévete pendeja, querrás que te mate, ella se interna en un callejón, busca comida en la basura y encuentra un pedazo de pan húmedo. Lo come, se echa al suelo y duerme.

Ya está oscuro cuando despierta, el movimiento brusco de un hombre extraño la saca de su aventura onírica. Soñaba que llovía. Otra vez, algún borracho a decidido no gastar en prostitutas para desahogar sus instintos sexuales, para qué, si ahí está la loca de la Coahuila y lo que lleva entre las piernas es lo mismo que lo que llevan las demás mujeres, sólo que esta no cobra nada, ni dice nada, espera con paciencia a que este tipo termine y le suelte las piernas, ya ha pasado antes, no sabe si son diferentes tipos o es uno solo con una extraña fijación, nunca les ve el rostro, cubierto en las sombras, está a punto, ya, al fin, su cuello se tensa, la loca lo mira distraída, el sujeto se sube los pantalones y se va, no tiene nada qué decir, la loca se pone la falda y camina, tambaleándose hacia su bar favorito, tal vez ahora sí la dejen entrar, tal vez le regalen cerveza, como una vez, su memoria es mala, no sabe si en verdad pasó, al fin ha llegado, baja las escaleras, el mesero la intercepta, le habla al oído pero sin sutileza, lárgate mugrosa loca, la toma de un brazo y la empuja hacia afuera. Espera un rato, tirada en la banqueta, y luego hace un segundo intento, esta vez llega hasta la barra, el cantinero la mira a los ojos, el mesero la jala de un brazo con una fuerza desmedida, la tumba al suelo, los clientes observan la escena y ríen, la loca se levanta con dificultad, le ha dolido el golpe, decide no luchar más, se deja llevar hacia afuera y se pierde entre las calles del centro.

Nadie la mira, y ella no mira a nadie. Vale la pena preguntarse, ¿nos debe inspirar lástima esa existencia sin principio ni fin, sin metas, sin sueños, una existencia por la simple voluntad de existir? ¿O, en cambio, nos debe inspirar admiración, su profundo deseo de seguir viviendo aún sin tener motivos…? Pero no. Nadie la mira, ni con lástima, ni con admiración.

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