comerse una torta en un callejón es delito

En un domingo nublado como este, no se ve mucha gente en las calles, y menos a las seis de la tarde. La ciudad está desierta, como muerta, hay pocos coches, los semáforos son inútiles, los taxis deambulan vacíos. Si así están las calles principales, imaginemos las demás, las que se internan serpenteando entre las colonias, subiendo y bajando cerros, adentrándose en las entrañas de Tijuana. Por una de estas calles camina Gaspar, camina contento, alegre, poco le preocupa que haya gente o no, aunque la hubiera, nadie se fijaría en la felicidad de un vago, y menos de uno cuyo rostro no refleja ninguna expresión, no lo consigue, pero Gaspar siente que se le incendia el pecho de pura emoción, porque hoy, después de una semana de comer sobras recogidas de la basura, tiene qué comer. Javier, el taquero, le ha regalado una enorme y suculenta torta de carne asada, y Gaspar la carga en una bolsa de papel en busca de un lugar adecuado para sentarse a comer, pues entre más le dure más podrá saborearla, más podrá imaginar entre sus dientes el sabor del pan, de la carne, de la lechuga, entre los escasos dientes. Ya siente rugir sus tripas, alborotadas al saber que de nuevo, después de tanto tiempo, volverán a probar algo digno de comerse.

Gaspar vislumbra un callejón acogedor y se interna en él. No se ha percatado de la patrulla que lo viene siguiende desde hace un rato, todo por el entusiasmo previo al banquete. Se sienta en un rincón, se recarga contra la pared y abre la bolsa de papel para olfatear la torta antes de de devorarla. Las botas de los policías producen un eco lúgubre. Vienen riendo, gritando animados, y asustan a Gaspar, quien vuelve a cerrar la bolsa y la esconde, temeroso. Ya conoce a estos tipos, sabe que debe cuidarse, que a los policías no les gustan las barbas sucias y los pantalones hechos jirones.

-¿Qué llevas ahí, viejo? Droga, ¿verdad? ¿crack? ¿cristal?

Gaspar sólo logra balbucear, nervioso, tratando de mirar al piso, a los policías no les gusta quie los miren a la cara, y aprieta la bolsa con su comida entre los brazos. Los oficiales se carcajean, de pie frente a él, por su reacción, hacen comentarios groseros, le dan un par de patadas.

-¡A ver, viejo! ¿Qué traes en la bolsa?

Uno de los oficiales se agacha y, ayudado por sus puños, le quita la bolsa a Gaspar. Él no puede hacer mucho, el miedo y el hambre le restan fuerza, y se limita a soportar los golpes, a observar, horrorizado, al policía abriendo la bolsa y sacando la torta.

-¡Ah, mira! ¡Es una torta! ¡Mmmh…!

El policía la muerde, se la pasa a su pareja y éste le arranca otro pedazo, la mastica un poco, la escupe y luego tira la torta al suelo.

-¡Esto sabe a mierda, viejo!

Le dan unas últimas patadas, siguen riendo, se alejan poco a poco, carcajeándose. Gaspar se arrastra y rescata lo que queda de su torta, le sacude la tierra, intenta quitarle el lodo, y empieza a comer.

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