episodio zoofílico

Desde muy niño tuve el talento de hacerme invisible. Por alguna razón, las personas no sentían mi presencia detrás de ellos, o mi mirada acechándolos, o mis oídos atentos a sus palabras secretas. Conservé esta habilidad hasta siempre, y así pude ver a mi esposa la noche del cuarto cumpleaños de nuestro hijo refugiada en nuestra recámara, llorando frente al espejo del tocador mientras contemplaba su gruesa figura. Fido reposaba complacido entre sus piernas, con su aspecto feroz de pastor alemán que escondía el temperamente de un cachorro de labrador, incapaz de dañar a una mosca el muy cabrón, y Norma no le prestaba atención, sucedo en verdad inaudito. No me atrevía a interrumpir su meditación íntima ni cuando me percaté de que sus manos curiosas comenzaban a revolver el contenido de mis cajones, ni siquiera cuando encontró lo que yo con tanto esfuerzo había escondido. Sorprendida, dejó el arma donde estaba y cerró el cajón, y fue a sentarse en la cama para hablarle al perro, como tenía por estúpida costumbre. Tuve que sacarla de su mundo de fantasía, mi hijo tenía un pastel que partir. Me miró como si viera a un criminal, y yo traté de conservar mi naturalidad.

-¿Te molestó lo que dijo tu hermana?
-Sabes que su comentario estaba fuera de lugar. Fido es un buen perrito…
-Tenemos que bajar.

¡Al carajo con el perro de mierda! Ya me tenía harto su obsesión por aquel animal, al que cuidaba más que al hijo, gastando miles de pesos en comida, en estética, en medicinas y en chingadera y media que yo y nadie más que yo pagaba. El perro más parecía el jefe de la casa que yo, y aquel que diga que exagero, no opinará lo mismo al enterarse de mi repugnante descubrimiento. Días después de la piñata de mi hijo, salí temprano del trabajo, y a diferencia de otras ocasiones me fui directo a casa, entré en silencio para sorprender a Norma y que llego y la encuentro desnuda, a gatas y con el pinche perro puto de mierda encima, babeándole la espalda, y la mujer fascinada ladrando… ¡ladrando de placer! El asco y la repulsión que aquella escena me provocó me hicieron salir de la casa y largarme de borrachoa cogerme una puta, y no volví a la casa hasta la mañana siguiente, y para colmo, la imbécil de Norma me recibió indignada, con el perro chupándole las patas hediondas.

Sólo estaba esperando una excusa, una sola, para chingarme al pendejo del Fido. Pero había algo mal con Norma, ya no buscaba razones para discutir conmigo ni me comparaba con el perro. No me quedó otra alternativa, tuve que provocar una pelea, echándole en cara por quincuagésima vez que atendía mejor al Fido que a mí, por desgracia, la furia que conseguí expulsar fue suficiente para que el episodio zoofílico entre mi mujer y el pinche perro se me escapara del subconsciente. Norma pareció indignarse, dándose las ínfulas de mujer decente, incapaz de una atrocidad así.

-No me digas que no es cierto ¡porque te ví dejándote coger por el pinche perro de mierda!

Norma se quedó en silencio, eligiendo entre aceptar o no la verdad.

-No me dejaste otra. Al menos Fido hace algo por complacerme…

Aquello fue la mierda de las mierdas, le solté un chingazo en el hocico que todavía le ha de doler, y saqué el revolver del cajón, le quité el seguro y bajé al patio. El perro, al verme, me gruñió el hijo de su chingada madre, y le volé la cabeza en mil pedazos, y sus sesos se desparramaron por los suelos. Norma gritó desde la ventana como si le hubieran matado al marido o al hijo.

-¡Voy a llamar a la policía, loco psicótico!
-Tú que llamas a la policía y yo que difundo una foto tuya cogiendo con el perro, pinche pervertida.

La tuve amenazada un buen rato con esa foto inexistente, hasta que al pendejo de mí se me ocurrió mandarle una sentencia por escrito cuando me corrió de la casa a patadas, y con esa evidencia me encerraron por chantaje emocional, pero no estoy dispuesto a volver a la cárcel hasta que me condenen por asesinar a una coge-perros.

(FIN)

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