Manchas de sangre

Lo había estado planeando durante más de seis años. Llegó a un punto de madurez en que creyó que sería una locura, que iba contra todas las leyes de la moral y de la sociedad, que no funcionaría, que era algo indebido, que se iría al infierno… Pero su época racional había pasado, y nadie puede huir de sus propios instintos. Alejandro encendió velas, preparó las maletas, abrió las ventanas y quitó los tapetes, aunque su ideal era no dejar manchas de sangre, ni rastros de violencia. Vendría un juicio, una investigación, pero eso ya no le preocupaba. Había decidido que su cómplice fuera su víctima, sería mejor así, y ahora ella se dirigía a una trampa mortal. La amaba demasiado. Por eso iba a matarla.

Lidia tocó la puerta, se alisó la falda, se arregló el cabello y preparó su sonrisa nerviosa como si se tratara de su primera cita. Mientras se dirigía a abrir, Alejandro repasaba su plan en la mente, y la euforia invadía sus sentidos. Detrás del marco, Lidia le sonrió, y él la invitó a pasar. Se quedaron frente a frente, inmóviles, y de repente Alejandro se echó sobre Lidia en un desenfrenado arrebato de pasión espontánea. Lidia tiró la bolsa. Alejandro la tomó de los cabellos, y juntos cayeron al suelo. La mano de Alejandro se escabulló debajo de la falda de Lidia, y ella no pudo evitar abrir los ojos.

-Espera…
-Qué.
-Hay que cenar primero.

Se miraron dos segundos, eternos dos segundos, sin despegar los labios de la boca del otro.

-Está bien.

La mesa, las velas, la comida, los separaban. Los ruidos de una ciudad enorme en viernes por la noche entraban por la ventana del balcón. No hablaban. Sus mentes ocupaban toda la concentración para reprimir sus propios deseos. Alejandro pensaba en asfixiarla con sus propias manos, pero mejor utilizaría la almohada. Lidia esperaba arrojarlo por el balcón, aunque sería mejor idea usar el cuchillo en su garganta.

-Es una linda noche.
-¿Tú crees?
-No sé. ¿tú qué crees?
-No sé.

Lidia se levantó, apagó las velas y se sentó frente a Alejandro, sobre sus piernas, y parecía que medía con envidiable prudencia cada beso, cada caricia y cada mirada buscando la total locura de su amante. Le arrancó los botones a su camisa, se quitó la blusa, se deshizo de los zapatos, Alejandro la cargó hasta la cama, donde las prendas restantes -medias, pantalón, falda, calzones- fueron perdiéndose ante el intenso artificio de las luces citadinas. El calor de sus cuerpos empapó de sudor las sábanas, el olor de su pelo sofocó los sentidos de Alejandro, sus músculos tensos dilataron las preocupaciones de Lidia, y llegaron al punto sin retorno, al límite del éxtasis, donde el corazón se detiene una fracción de segundo y se vuelve a nacer.

(…)

Alejandro, desnudo, de pie frente a la ventana, fumaba y miraba de reojo a Lidia, quien dormía boca abajo sobre la almohada. “No tengo que matarla hoy”, pensó. Pero pronto descartó la idea.

Tiró las últimas cenizas del cigarro en la maceta, y caminó con pasos cortos hasta la cama. Quitó las sábanas y contempló el hermoso cuerpo de Lidia, su piel suave, su cabello revuelto, su espalda larga y perfecta. Besó su cuello, acarició su vientre, y tomó la almohada en la que reposaba su cabeza, y al hacerlo descubrió los ojos abiertos de Lidia, y su mano escondida sosteniendo un afilado cuchillo.

Ambos se miraron, vulnerables sus cuerpos y sus almas ante la presencia del otro.

-¿Qué ibas a hacer, Alejandro?
-Lo mismo que tú.

No apartaban la mirada. No sentían vergüenza. Sonrieron, como auténticos cómplices, y Alejandro regresó a la cama, soltando la almohada, y llenó de besos el cuerpo de Lidia. Ella recibía cada beso con placer, pero su mano se negaba a soltar el cuchillo. No tenía idea de que las manchas de sangre serían difíciles de quitar de las sábanas.

FIN.

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