Coma

Me parece que he dormido una eternidad, una larga noche de sueños extraños y pesadillas interminables, pero un sol ya maduro entra por la ventana y pinta de rojo la oscuridad de mis párpados cerrados. No consigo abrir los ojos, no consigo moverme, ni hablar… de repente, mi memoria comienza a trabajar y con mucha lentitud me trae las imágenes más recientes: el cumpleaños de Consuelo, los litros de alcohol, los churros de mota, el auto a toda velocidad por las calles de la ciudad, Saúl al volante, fuera de control, los demás asustados y eufóricos, la lengua de Mariel en mi boca, su mano en mi pantalón… y por último, el sonido de los frenos, y gritos.

Abro los ojos al fin, y la luz me lastima. Siento el cuerpo entumecido, y miro alrededor, pero no hay claridad en lo que percibe mi vista. Máquinas rodeándome, tubos, una recámara extraña, una enfermera que tira al suelo su libro y sale a buscar al doctor, porque el paciente despertó. ¿Qué pasó…? Todo está tan… cambiado.

Se acerca el doctor.

-Señor Buelna, felicidades, ha vuelto usted a nacer.

Lo miro atónito. me ha llamado “señor”.

[…]

-¿Qué le pasó a Mariel?
-Nada. Salió ilesa. No deberías hablar… el doctor dice que…
-¿Y Saúl? ¿Dónde está?

Mi madre me mira con compasión. El tiempo ha hecho estragos en su rostro, privado de una juventud que se negaba a abandonarla.

-Saúl murió en el choque.

Silencio. Las cortinas se agitan con pereza y dejan entrar los ruidos de una calle desierta. Tengo miedo de seguir preguntando.

-¿Y Consuelo?
-Consuelo perdió las dos piernas en el accidente. Se suicidó seis meses después. Hijo…

Un silencio aún más profundo. Las lágrimas son ya incontenibles.

-Quiero ver a Mariel.

Mi madre se levanta de la silla y echa un vistazo por la ventana. No puede ser tan malo si ella sobrevivió… Tendríamos un hijo… íbamos a casarnos.

-Mariel se fue de la ciudad.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿A dónde?
-Regresó a Guadalajara. Con su esposo…

Otro silencio, esta vez violento y agresivo. Hubiese preferido que me dijera que había muerto. El mundo se detiene, quizá por piedad, hasta que la furia me invade y tomo el florero que hay en la mesa y lo arrojo con todas mis fuerzas contra la pared. Ni siquiera se rompe. El agua y las flores se derraman en el suelo con suavidad. Cómo pudo hacerme esto…

-¿Qué esperabas, hijo? Han pasado… ha pasado tiempo. Estuviste un largo tiempo en coma.

¿Coma…? Pero… nos amábamos… no puede justificarse una traición así.

-Cuánto.
-¿Qué?
-¿¡Cuánto tiempo!?

Mi madre evade mi mirada. De pronto sonríe nerviosa, se acerca a mí y toma mi mano.

-Tu… tu hermana… tuvo un bebé… ahora eres tío y…
-¿¡Cuánto tiempo, carajo!?

He gritado con una ira atroz. Mi madre retrocede y me mira como si no me reconociera, y comienza a llorar de nuevo. Al fin, entre sollozos, suspira:

-Quince años.

Silencio, otra vez. Mi madre sale de la habitación, todavía llorando. Yo no puedo permanecer sentado, pero tampoco puedo ponerme de pie, así que me recuesto. Cierro los ojos, esperando que esto sea sólo un sueño más. Hay un espejo en la mesa junto a la cama, lo tomo y un treintañero desconocido aparece sobre el cristal.

Desearía no haber despertado.

FIN.

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