Eva y Adán

El sol del mediodía anulaba las sombras en el Jardín del Edén. Adán paseaba de la mano de Dios, gigantesco y omnipotente, quien le explicaba lo que había venido a hacer al mundo.

“Te hice para entretenerme” le dijo Dios, y Adán, todavía ignorante de su propia insignificancia, lo tomó como una broma. No se había dado cuenta aún del poder que aquel hombre altísimo de blancas barbas había necesitado para darle vida y razón a una figurilla de barro. “Polvo eres, y en polvo te convertirás”, y al pronunciar esta terrible sentencia, Adán sintió la vida y por vez primera, que se moría, como cuando a uno se le atora algo en la garganta y no puede respirar, y al lograr escupirlo siente uno que vuelve a nacer, o que nace por vez primera, porque nadie, excepto Adán, recuerda qué se siente nacer.

Pero Dios tenía otros asuntos, el tiempo se agotaba y había decidido ya que a partir de aquel momento no se añadiría ni un solo átomo más a la creación, y Adán se sentaba junto a las bestias salvajes, todavía en paz sin ningún arma que los amenazara, y se aburrían juntos. Adán se bañaba en su manantial preferido, se echaba al pasto a observar las nubes, y de vez en cuando se acercaba al límite del Edén, y podía ver, en toda su extensión, el sombrío mundo vulgar, desolado, donde el sol no brillaba, y la vida era hostil y egoísta.

Dios sabía que de seguir así, su única compañía terminaría cruzando el límite hacia el mundo vulgar en busca de algo qué hacer, pues la soledad de su pecho era tan inherente a él como la vida misma. Así que llamó a Adán, y con un rápido movimiento le arrancó una costilla, y el hombre sintió que volvía a morirse. “No te apures”, le dijo Dios “no te morirás hasta que a mí me dé la gana”, y Adán dejó de sangrar. Con la costilla en la mano, dios tomó unos granos de polvo del suelo y sopló, creando una masa deforme que latía como un corazón enorme. Dios la fue moldeando, formando sus figuras, pensando en cómo hacerle un complemento a Adán.

-Ya está.
-Qué es.
-Una mujer. Eva.

Adán vio cómo Eva respiraba por primera vez, y sonrió. Comenzó a sentir algo, algo inexplicable, quizá inexistente hasta que Eva apareció. “Qué esperas, muéstrale el Paraíso”, y Adán tomó su mano, obedeciendo el instinto, y la condujo por los verdes campos del Edén. Le mostró el valle, las montañas, los ríos y las cascadas, los animales, las cuevas, las playas… y el árbol.

Pronto, tal vez demasiado pronto, Eva sintió curiosidad y preguntó a Adán por qué Dios había prohibido el fruto de ese árbol. Adán, reflexionando, se dio cuenta que eso era lo único que Dios no había querido decirle.

Pero Adán se olvidó por un tiempo del árbol, y empezó a seguir sus instintos primarios, irresistibles ante las pronunciadas curvas de Eva, una mujer recién hecha, de semblante casi infantil, rubia y larga cabellera, manos delicadas, labios rojos, y un olor extraño a flores, extraño y atrayente. Ambos comenzaron a experimentar, descubriendo el placer de tocar sus cuerpos, de besar sus cuerpos, de ensamblar sus cuerpos con una perfección que sólo podía ser obra del mismísimo Dios, quien los observaba desde su magnífico trono como un depravado vouyerista mientras hacían el amor con todo el vigor de dos adolescentes.

“Ahora sí, esto es el paraíso”, pronunció Adán, después de que Eva, exhausta de pasión, se dejara caer sobre su cuerpo sudado. No había más, nada de rituales sociales y plásticos, nada de juegos previos ni de desvestirse, nada de apariencias ante nadie. Dos cuerpos solos y desnudos, no necesitan nada de eso. Dios se dio cuenta, y cuando se aburrió, cuando el Edén ya era un lugar monótono y horrible, presa de su propio y divino aburrimiento, los echó.

Despertó en la pareja la curiosidad, y ambos rondaban el árbol, deseosos de conocer qué pasaría si comieran de él. Los frutos habían crecido, eran jugosos y emitían perfumes irresistibles. Sin poder evitarlo, Adán arrancó uno de los frutos, y se disponía a comerlo, pero Eva se lo quitó de las manos. “Espera. Antes, pregúntale otra vez por qué no”. Adán la miró y se tranquilizó, pero sabía que comerlo ahora era inevitable.

-Por qué lo único que nos prohibiste fue comer el fruto.
-Porque soy Dios, y hago lo que se me antoja.
-Entonces lo descubriré yo mismo.
-Sabes lo que pasará. Te echaré al mundo vulgar, y jamás volverás.
-Sí. Lo sé. No me importa.

Adán regresó con Eva. “Comámoslo”. Pero Eva, temerosa aún, se lo ofreció al hombre. “Comeré si tú comes”. Adán lo tomó, lo miró por última vez, y lo mordió. Luego se lo pasó a Eva, y ella también mordió. Pero nada pasó. No se sintieron ni un poco diferentes.

Hasta que unas nubes de tormenta comenzaron a formarse en el horizonte, y ellos, Eva y Adán, fueron privados por primera vez de la luz del sol. Sólo se oía la voz de Dios, rugiendo de furia entre las nubes, y los rayos que lanzaba, destruyendo el Edén.

FIN.

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